Recreemos la secuencia. Una familia típica, 2
padres, 2 hijos, vacación en Córdoba, asados a la orilla de un arroyo o uno de
esos “ríos” berretas que tienen los cordobeses con menos caudal que un charco
que se forma en las islas del Paraná luego de una crecida, cabalgatas, etc.
Último día, compras de regalos: 15º mate-souvenir en 4 años para la abuela, 8º
cuchillo de asador en 9 meses para el abuelo que hace 19 años que no se acerca
a una parrilla más que para hacer alguna observación medio pelotuda sobre la
cantidad de carbón que queda de reserva, y alfajores. Oh, sí, ¡alfajores! El
único motivo por el cual los argentinos con ciudadanía de algún país europeo no
escapan hacia el viejo continente.
En principio la
compra de alfajores no difiere de la de ningún otro bien. Un comprador, cierto,
un poco idiotizado por estar de vacaciones, que paga $5 por 35 gr de comida, un
vendedor, en una posición envidiable cierto, porque trabaja 2 meses al año y el
resto se queda mirando el monte. No obstante, cuando uno aguza la mirada se da
cuenta que detrás de esta “casual” transacción hay mucho más. Se oculta un
flagelo social que destruye familias, que lleva a que hermanos y hermanas,
padres e hijos, tíos y sobrinos, no se hablen por años.
Sin lugar a dudas,
el 23,836% de las vacaciones se ven arruinadas por las peleas post vacación que
se suscitan en los hogares de toda la patria. Podemos definir dos bandos (sí,
esto es una guerra): de un lado, las personas que aclaran al momento de comprar los alfajores que no piensan tocar un solo alfajor de fruta y que solo
van a comer los de dulce de leche; del otro, los pelotudos caretas que se
piensan que decir que van a comer uno de fruta los convierte en seres
superiores con un paladar refinado que les permite gozar del sabor único de una
pasta de fruta cosechada verde y que luego se dejó pudrir durante 4 meses bajo
el sol y la lluvia.
Los primeros, si
son ingenuos, creen en la promesa de los otros de que se van a comer todos y
cada uno de los alfajores de fruta antes de siquiera autorizar a sus glándulas
salivares a emitir un ml de saliva a causa del deseo de disfrutar del placer
infinito de comer cualquier cosa con dulce de leche. No obstante, luego de un
par de intentos fallidos y de broncas acumuladas, estas personas despiertan
cual pueblo ruso oprimido por el zar y denuncian frente al mostrador de
Estancia del Rosario que no van a tolerar otro acto más de hipocresía. Los del
segundo bando juran y perjuran por enésima vez que esta vez sí se van a comer
primero los alfajores de fruta. Resultado. Se compran 24 alfajores, 12 de fruta,
12 de dulce de leche. Nuevamente, victoria de la hipocresía.
La familia vuelve a
su ciudad y retoma su ritmo de vida habitual. Invitan a comer a los abuelos un
asado, les dan sus mates y cuchillos, los abuelos se “alegran” por el “regalo”
y se sirve el “café” (Fe de erratas: café no iba entre comillas), obviamente
acompañado de los alfajores. Los miembros del primer grupo observan cómo los
abuelos manotean los de dulce de leche pero no se enojan con ellos porque
después de todo ellos no estuvieron el día de la compra y hacen lo que hace
todo el mundo cuando se le ofrece un objeto con dulce de leche y otro sin él:
agarran lo que tiene dulce de leche, ya sea un alfajor, un kimono o una entrada
de cine. Sin embargo, permanecen agazapados estudiando el comportamiento de los
miembros de su familia nuclear que sí estuvieron presentes en el fatídico momento de la elección de los
alfajores y dieron fervorosos discursos en defensa del buen nombre de los de
fruta. Hete aquí que todos y cada uno de ellos manotean un alfajor de dulce de
leche. Pero, ¿cómo? ¿No era que les gustaban más los de fruta porque los de
dulce de leche eran iguales a cualquier cosa que uno puede comer en su ciudad?
¿No era que los de fruta tenían un gusto único? Bueno, todos aquellos
argumentos poco importan ahora y la impunidad despliega sus alas de cuervo carroñero.
Los miembros del
primer grupo disparan flechas con su mirada. Todos los del grupo 2 se hacen los
boludos, menos la madre, que no puede evitar sentir culpa por la terrible
desilusión que le está ocasionando a su hijo. Este desengaño, más que
desengaño, traición, ¡sí!, TRAICIÓN, que se recibe de su propia familia deja
secuelas insalvables que impiden que los miembros del grupo 1 formen una
relación profunda con cualquier persona por el resto de su vida. La madre
arriesga una explicación vacua, carente de toda racionalidad: “bueno, es que
con el café va mejor el de dulce de leche”.
Así como así,
volaron 6 de los 12 de dulce de leche y, ¡oh, sorpresa!, 2 de fruta. Resultado
inesperado si los hay. Bet & Win te cobraría para apostar a favor de este
resultado porque sabe que si no va a perder plata.
Lunes por la
mañana, desayuno. Algunos toman mate, otros chocolatada, otros té. No hay café
por lo que el verso del día anterior no se puede reutilizar. Imaginemos que los
miembros del grupo 1 se levantan un poco
más tarde. Van a buscar uno de sus hermosos alfajores de dulce de leche,
levantan la caja de los de fruta que está arriba de la de los de dulce de leche
y la notan un poco pesada, abren la caja de abajo y nuevamente, ¡oh, sorpresa!,
quedan 3 de dulce de leche. ¿Quién lo hubiese dicho? Dos días de llegados de
vacaciones y después de que nuestra víctima toma uno de dulce leche, insisto,
como dijo que iba a hacer desde un principio, y ya queda la abundante cantidad
de 2 de dulce de leche y solo 10 de fruta.
En este momento
empieza la actuación hipócrita de los del grupo 2. La evidencia es
incontestable: ¡10 a 2!, en dos días. Esto es como
si en fútbol vas perdiendo 4 a 0 faltando jugarse casi todo el segundo tiempo.
Algunos abandonan el juego, pero otros insisten en la pantomima. Se hacen los
boludos y empiezan a tragarse los alfajores de fruta, lógicamente con una
frecuencia mucho menor puesto que hay pocas cosas más asquerosas que ponerse un
alfajor de fruta en la boca. Los 2 alfajores de dulce de leche, si un miembro
del grupo 1 no se los come, van a quedar en la caja hasta que queden unos 3 de
fruta. Entonces se desata la voracidad nuevamente bajo el halo de impunidad que
da el estar 2 a 3, y se terminan los de dulce.
El destino de esos
3 alfajores de fruta es por todos conocido: luego de una semana sin que nadie
se atreva siquiera a mirarlos, la madre los pone en la alacena, donde quedan
condenados al ostracismo culinario por aproximadamente 2 meses. Todos se hacen
los boludos e ignoran el tema. Eventualmente, alguien del grupo 2 tiene ganas
de algo dulce y no hay dulce de leche en la heladera. Empiezan a escarbar por
la cocina y lo único que encuentran son estos 3 alfajores. Se deciden a
comerlos y tienen un poquito de gusto a humedad. Este gustito leve es la excusa
perfecta para terminar de perpetrar el crimen. Se desechan los 3 alfajores
porque supuestamente estaban pasados. ¡Verso! Tenían apenas gusto a humedad, la
cual, si me permiten, los favorecía puesto que les disminuía el gusto ácido
asqueroso de esa horripilante fruta desechada. El alfajor era igual de asqueroso o
hasta más rico que antes, pero la humedad da la excusa perfecta para desechar
la evidencia de esta forma de hipocresía social.
Este episodio se
repite año tras año. Los miembros del grupo 1 resisten porque están en minoría,
se tragan la bronca de que te morfen todos los alfajores de dulce de leche a
pesar de que uno advirtió que esto iba a pasar. Es como ser economista en
Argentina: sabés que la gente es estúpida, sabés que va a pasar X cosa, lo
decís pero todos están contentos con la hipocresía de que se van a comer los
alfajores de fruta o de que la asignación universal acabó con el hambre en el
país. Ninguna de las dos cosas es cierta pero le permite a los sectores
acomodados hipócritas dormir un poco más tranquilos.
Luego de un par de
sucesos de este tipo, decía, los miembros del grupo 1 explotan. Algunos matan a
la familia, otros simplemente los putean y los confrontan con la realidad, la
brutal realidad. Los miembros del grupo 2 terminan en un cementerio en el
escenario 1 o gritando indignados en el 2, puesto que no les gusta que les
demuestran que son unos idiotas. Así comienzan las peleas y la degradación del
tejido familiar.
Durkheim decía que
la mejor vacuna contra el suicidio es la pobreza. Algunos “intelectuales” han
interpretado los escritos del francés como que la ignorancia impide que uno se
ponga a reflexionar sobre lo chota que es la existencia. Esta interpretación es
incorrecta. El verdadero motivo es que los pobres no se pueden ir de vacaciones
y por lo tanto no pueden traer alfajores de fruta, evitando todo tipo de
discordias en sus vidas.
Creo que este texto
es justificativo suficiente para que el Estado intervenga todas las fábricas de
alfajores del país o como mínimo impida la manufactura de alfajores con relleno
de fruta. El mercado claramente falla, al instalar la idea fashion de que comer
alfajores de fruta está copado. La propaganda encabezada por los cocineros cool
de nuestros días, que instan a probar de todo, es utilizada para lavar el
cerebro de las masas y de esta forma encajarles este producto horripilante.
Si tengo que
arriesgar una explicación de por qué las empresas hacen esto en lugar de
simplemente fabricar alfajores de dulce de leche debo concluir que hay un claro
complot entre los fabricantes de alfajores y los productores frutícolas,
mediante el cual los segundos les venden a los primeros toda la fruta que no
sirve para nada y los primeros la meten entre dos tapas de masa dulce. En un
país medianamente desarrollado los productores de fruta tendrían seguros para
cubrir su producción mala y no se preocuparían por venderla a costa de la infelicidad
del pueblo. Pero acá eso no existe y entonces estos chacareros se ven forzados
a cagarse en el resto de la sociedad.
En conclusión,
desde este humilde foro abogamos por el freno de la inflación para que se
desarrollen los tan necesarios mercados de seguros frutícolas o,
alternativamente, por la intervención directa del Estado para prohibir la
fabricación de alfajores de fruta.
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