Este artículo también podría ir a la sección
Formas de comprobar si una persona es un idiota. En realidad, esta última es
una evolución de la primera que agrega un aspecto positivo a la cuestión. No
hay que criticar solamente y decir “esa persona merece nuestro desprecio, esa
persona es un imbécil”. No. Hay que proponer algo. Y de allí los consejos tan
valiosos que busco aportar en la versión 2.0.
Si no desea leer todo el artículo, puede
llevarse la siguiente máxima: toda persona que toque la bocina más de 2 veces
al mes es un idiota. Luego se pueden establecer graduaciones, pero este es un
tema más complejo.
No quiero aburrir, pero el debate actual de los académicos
especialistas en la materia gira en torno a cómo crece la idiotez de la persona
con el uso de más bocinazos: algunos dicen que crece de forma lineal, lo cual
implicaría que cada bocinazo extra estaría indicando un aumento en la idiotez
del sujeto igual al que demostró el bocinazo anterior. Otros plantean que lo
hace a tasa decreciente, pero esto es así simplemente porque los primeros 3 o 4
bocinazos después del segundo ya demuestran una idiotez tan mayúscula que uno
más no hace más que venir a confirmar lo que todos sabíamos un bocinazo atrás.
Por último, algunos hippies de la ciencia dicen que crece a tasa creciente.
Esto implica que cada bocinazo extra muestra un crecimiento en la idiotez del
sujeto superior a la que mostraba el anterior. Este planteo es dócil con los
que tocan la bocina 4 o 5 veces en lugar de dos, porque no penaliza demasiado
esos 2 o 3 bocinazos de más, sino los siguientes.
Este tipo de dilaciones intelectuales tienden
a aburrir al gran público y a hacer que se pierde la atención sobre lo
importante: la acción de tocar bocina es la versión del siglo XX-XXI de un
cavernícola pegándole con un garrote a una roca para ver si se abre y hay
comida adentro. Si usted es una persona que usa la bocina
3 veces al año tiene la suficiente capacidad mental para deducir de la
afirmación anterior que mi opinión sobre los que la tocan muy seguido no es la
mejor. Si usted es de los que tocan bocina ante cualquier vicisitud que
presente el camino no puede deducir esto. Por lo tanto le ahorro el trabajo
neuronal: USTED ES UN CAVERNÍCOLA.
La gente tiende a acusarme de ser un poco
exagerado. Seguramente algunos adictos a la bocina o familiares de estos
pensarán que este es otro caso de lo anterior, pero no. Podría terminar este
escrito acá y repetir “pero no…” e irme caminando con actitud heroica, pero no…
(en este momento me estoy parando de la silla y alejándome de la PC con actitud
heroica).
(En este momento estoy volviendo a la PC
porque ya me serví un vaso de agua). Es mi deseo comprender a quien toca la
bocina, por ejemplo, en un embotellamiento. Si bien es cierto que el sonido son
ondas que se mueven por la materia y si bien es cierto que no soy físico y que
Física de quinto año es la única materia que me llevé en el secundario, creo
que mis cálculos a ojo no fallan y que puedo afirmar que la energía intrínseca
a una onda de sonido no alcanza para mover al auto que tenemos adelante.
Muchísimo menos a un 115 con 45 personas arriba. Entonces, ¿qué lleva a una
persona a perder lo poco que la diferencia de un primate y tocar la bocina?
Una teoría es que quizás piense que el que
está adelante no se da cuenta que tiene que avanzar para que el resto lo haga.
Usted, el que hizo la maravillosa deducción mencionada en el primer párrafo, me
dirá que el que está inmediatamente delante de nuestro hombre de Neanderthal no
se puede mover porque adelante hay otro que no se mueve, y así sucesivamente
por una distancia de consideración que constituye la condición sine que non de
los embotellamientos, a saber: un montón de vehículos uno atrás del otro, sin
moverse. Bueno, usted, señor Lógica, no se da cuenta que esta palabra no es un
adjetivo válido para el Neanderthal. Nuestro Neanderthal no puede ver más allá
del primer auto que tiene adelante. Por lo tanto solo ve un vehículo y la
inmensidad de la pampa delante. En esta situación, es más que claro que el supuesto
idiota que está adelante es un idiota hecho y derecho para nuestro
Neanderthalus, dado que no se lanza a recorrer la pampa. Por eso le tocamos
bocina.
Usted me retrucará y me dirá que si el
cavernícola tiene problemas de visión, nunca podría haber pasado el examen
psicofísico para que le den el carnet. Yo le responderé que el problema no es
físico, el problema es una inferioridad mental puntual que lo inhabilita para
convivir en sociedad y darse cuenta que existe todo un universo a su alrededor.
De esta forma, no solo no puede darse cuenta de que hay más autos adelante sino
tampoco de que hay peatones, que, según potenciales palabras de nuestros
bocinadictos,“son unos boludos que caminan a todos lados; cómo no van a tener
auto, giles”.
Aún cuando pudiera ver los demás autos, seguro
que estaría convencido de que él puede ver algo que el resto no, un huequito
por el cual pasa un Scania, pero claro, la pelotuda que tenemos adelante en
lugar de estar lavando los platos está manejando. Porque seguro que la que armó
el quilombo es una pelotuda. Entonces, tocamos bocina para alertar sobre el
huequito. Esto habla a las claras de dos características de este sujeto: una
actitud machista, correspondiente a su cavernicolismo y una actitud de “yo me
las sé todas”, también muy clásica de su cavernicolismo.
Creo que a esta altura ya ha quedado
demostrado que quien toca la bocina es un ser despreciable. Como siempre, la
hipocresía social impide imponer la pena máxima a las personas despreciables.
Por lo tanto pasé al plan B y encontré una respuesta que involucra a un
conjunto de grandes corporaciones, las cuales amo por mi condición de
anti-kirchnerista. Estamos hablando de las corporaciones automotrices. ¿Por qué
las necesitamos? Básicamente porque mi propuesta consiste en poner un contador
de bocinazos en los automóviles. De esta forma podríamos ver cuántas veces da
un bocinazo un sujeto X. Según mi sentido común, no hay forma de que un no
cavernícola toque la bocina más de 2 veces al mes. Podemos negociar 3 con el
peronismo, cuyos afiliados serán los principales damnificados. Así, si una
persona toca la bocina más de 3 veces por mes empieza a pagar por cada
bocinazo, subiendo la tarifa de forma exponencial. Así, el erario público se
vería fortalecido y podría organizar conciertos gratuitos para todos los que no
estén en la lista de genocidas sónicos (una persona que interrumpe una buena
pieza musical es un genocida sónico) y compensar a las víctimas.
La puesta en práctica del proyecto tendría
ventajas para la ciencia también. Dado que permitiría distinguir a los seres
menos evolucionados de la sociedad con relativa facilidad y confiabilidad, los
científicos podrían estudiar a estos sujetos y compararlos con quienes tocan
menos bocinazos. De esta forma, se podría dejar de suponer cómo funcionaba el
cerebro de un Neanderthal, de los primeros homo sapiens, de los un poco más
avanzados, etc, hasta llegar a los lectores de este blog, que claramente son
los más evolucionados. Así se se podrían sacar interesantes conclusiones sobre
cómo fue evolucionando el cerebro humano para llegar a la curiosa situación
actual en la que algunos tocan la bocina y otros no. Sería fascinante.
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