jueves, 30 de agosto de 2012

La inócuamente exasperente y abusiva adjetivación de nuestra inculta realidad cotidiana


Capusotto ya llamó la atención sobre el fenómeno del parafraseo estúpido que realizan los restaurantes. Si la cuestión no pasara de un par de expendedores de alimentos ubicados en los barrios ricos de las principales ciudades del país, no habría mucho de qué preocuparse. No obstante, esto es una característica que invade todos los medios de comunicación y también a algunas personas que, pareciera, viven interpretando un papel teatral.

Como con tantas otras falencias sociales, el fútbol es la mejor representación de lo que ocurre, simplemente porque es un ambiente en el que hay mucha guita y mucha exposición de todos los involucrados, estando la mayoría incapacitados para manejar siquiera una pelota de fútbol, que es lo que se supone que deben hacer. Entonces las fallas son de una magnitud exorbitantemente alarmante: mucha plata para mostrar un gran show de mal gusto y muchos canales para transmitirlo… y muchos boludos con ganas de verlo (aclaro que yo soy uno de estos boludos).
No voy a profundizar mucho más sobre el tema en general. Quizás en otra oportunidad presentaré mi proyecto para que los futbolistas paguen 95 % de impuesto a las ganancias, pero no voy a extenderme sobre este particular. Quiero hablar sobre algo que se relaciona con lo dicho en el primer párrafo, aplicado al caso del fútbol. Estoy hablando de los periodistas deportivos. Algunos dicen que habría que sacarles el título de periodistas porque los supera completamente. Es cierto que un periodista deportivo es superado en cualquier cosa, salvo en idiotez y ego, por cualquier otra persona, pero esta cuestión del tema del título de periodista no me inquieta demasiado porque, francamente, el periodismo es una de las profesiones con el ratio “valores supuestamente defendidos / valores realmente defendidos” más bajo que se puede encontrar. Compiten con los abogados y los médicos a ver  quién es el que más la boquea y el que menos hace (no incluyo a los vendedores de autos ni a los economistas porque no se llenan la boca hablando de la moral).
Pero dejemos de divagar y concentrémonos en los periodistas deportivos y su léxico. La enciclopedia de Magrathea del Pensamiento define a un periodista deportivo como una “persona a la que le gusta el deporte pero que no tiene la capacidad para practicarlo profesionalmente”. La versión reducida de esto sería “la tienen adentro”.
Como con toda persona resentida, es de esperar comportamientos inestables: hoy está todo bien, mañana te acuchillo. Los periodistas deportivos hacen este cambio semanalmente y eso lo podemos ver representado por los adjetivos que utilizan para describir el partido que está haciendo un jugador. Pueden empezar por un humilde “bueno” al minuto 10. Luego van pasando por “a esta altura es muy bueno el trabajo de…” en el minuto 25, “maravilloso”, “espectacular” y “deslumbrante” en el minuto 15 del segundo tiempo. Finalmente llegan al viejo y querido “se me acabaron los adjetivos”… “se me acabaron los adjetivos”.
Y sí, se te acabaron los adjetivos porque sos un periodista deportivo que sobre adjetiva y porque conocés 5 adjetivos. Cuando uno usa adjetivos pirotécnicos para todo se queda sin magia para cuando es menester hacer uso de uno de ellos. Así, uno va entrando en un terreno cada vez más árido y escabroso, en el que el dulce sabor refrescante del líquido vital que son para el lenguaje las palabras y, concretamente, esa tipología lingüística imperiosamente necesaria, conocida vulgar y académicamente como “adjetivo”, empieza a tornarse cada vez más escasa, agotándose las posibilidades comunicacionales del sujeto parlante con, no solo la capacidad neuronal intrínseca a su especie, sino también el instrumento cuerdístico vocalóideo ubicado en la zona baja de la construcción huesal-cartiginosa ubicada en el extremo superior absoluto de la fisonomía corpórea, que le permite expresar la construcción discursiva tan deseada.

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