Capusotto ya llamó
la atención sobre el fenómeno del parafraseo estúpido que realizan los
restaurantes. Si la cuestión no pasara de un par de expendedores de alimentos
ubicados en los barrios ricos de las principales ciudades del país, no habría
mucho de qué preocuparse. No obstante, esto es una característica que invade
todos los medios de comunicación y también a algunas personas que, pareciera,
viven interpretando un papel teatral.
Como con tantas
otras falencias sociales, el fútbol es la mejor representación de lo que ocurre,
simplemente porque es un ambiente en el que hay mucha guita y mucha exposición
de todos los involucrados, estando la mayoría incapacitados para manejar
siquiera una pelota de fútbol, que es lo que se supone que deben hacer.
Entonces las fallas son de una magnitud exorbitantemente alarmante: mucha plata
para mostrar un gran show de mal gusto y muchos canales para transmitirlo… y
muchos boludos con ganas de verlo (aclaro que yo soy uno de estos boludos).
No voy a
profundizar mucho más sobre el tema en general. Quizás en otra oportunidad
presentaré mi proyecto para que los futbolistas paguen 95 % de impuesto a las
ganancias, pero no voy a extenderme sobre este particular. Quiero hablar sobre
algo que se relaciona con lo dicho en el primer párrafo, aplicado al caso del
fútbol. Estoy hablando de los periodistas deportivos. Algunos dicen que habría
que sacarles el título de periodistas porque los supera completamente. Es
cierto que un periodista deportivo es superado en cualquier cosa, salvo en idiotez
y ego, por cualquier otra persona, pero esta cuestión del tema del título de
periodista no me inquieta demasiado porque, francamente, el periodismo es una
de las profesiones con el ratio “valores supuestamente defendidos / valores
realmente defendidos” más bajo que se puede encontrar. Compiten con los
abogados y los médicos a ver quién es el
que más la boquea y el que menos hace (no incluyo a los vendedores de autos ni
a los economistas porque no se llenan la boca hablando de la moral).
Pero dejemos de
divagar y concentrémonos en los periodistas deportivos y su léxico. La
enciclopedia de Magrathea del Pensamiento define a un periodista deportivo como
una “persona a la que le gusta el deporte pero que no tiene la capacidad para
practicarlo profesionalmente”. La versión reducida de esto sería “la tienen
adentro”.
Como con toda
persona resentida, es de esperar comportamientos inestables: hoy está todo
bien, mañana te acuchillo. Los periodistas deportivos hacen este cambio
semanalmente y eso lo podemos ver representado por los adjetivos que utilizan para
describir el partido que está haciendo un jugador. Pueden empezar por un
humilde “bueno” al minuto 10. Luego van pasando por “a esta altura es muy bueno
el trabajo de…” en el minuto 25, “maravilloso”, “espectacular” y “deslumbrante”
en el minuto 15 del segundo tiempo. Finalmente llegan al viejo y querido “se me
acabaron los adjetivos”… “se me acabaron los adjetivos”.
Y sí, se te
acabaron los adjetivos porque sos un periodista deportivo que sobre adjetiva y
porque conocés 5 adjetivos. Cuando uno usa adjetivos pirotécnicos para todo se
queda sin magia para cuando es menester hacer uso de uno de ellos. Así, uno va
entrando en un terreno cada vez más árido y escabroso, en el que el dulce sabor
refrescante del líquido vital que son para el lenguaje las palabras y,
concretamente, esa tipología lingüística imperiosamente necesaria, conocida
vulgar y académicamente como “adjetivo”, empieza a tornarse cada vez más
escasa, agotándose las posibilidades comunicacionales del sujeto parlante con,
no solo la capacidad neuronal intrínseca a su especie, sino también el
instrumento cuerdístico vocalóideo ubicado en la zona baja de la construcción
huesal-cartiginosa ubicada en el extremo superior absoluto de la fisonomía
corpórea, que le permite expresar la construcción discursiva tan deseada.
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