jueves, 28 de junio de 2012

El efímero dolor de la eternidad al ver el jabón caer


Luego de este título podría escribir una poesía completamente carente de sentido que sería calificada por algunos pseudo-intelectuales como una obra maestra del movimiento de los indignados del siglo XXI. Quizás tendría que cambiar la parte final, la del jabón. La frase ver al jabón caer no es muy poética, aunque otra clase de pseudo-intelectuales-artistas dirá que es parte de la realidad moderna y que yo estoy creando arte en base a una situación de mi entorno. Pero no. Mi voracidad por decir idioteces llega hasta este blog. Más allá no puedo ir, salvo que alguien me garantice que diciendo pavadas puedo vivir, pero para eso ya me hice economista.

Pasemos a analizar la frase como yo deseo entonces, la frase y lo que detrás de ella hay. A todos nos pasa que a veces el jabón se nos resbala de la mano y cae por efecto de la gravedad. Imaginemos la escena: nosotros desnudos (no que estás vos, lector, y yo en la misma ducha, sino alguien) expuestos ante cualquier cuerpo que nos pueda golpear (si fuera el poeta ladri del que hablaba antes, acá me pondría a filosofar sobre lo expuestos que estamos y lo sensibles que somos al estar desnudos porque nos mostramos al mundo sin la máscara social que implica la vestimenta), en una bañera. La bañera es mejor que la ducha porque sus bordes curvos actúan como una rampa de skater que dirige al bólido jabónico a toda velocidad hacia el costado de nuestro pie. También podría ser que el jabón caiga derecho sobre la superficie de nuestro pie, hecho que es de por sí doloroso pero que le quita majestuosidad a la cuestión. ¿Por qué? Muy simple. Si un jabón cae desde un punto en el espacio cuya proyección sobre el plano horizontal es distinta que la del pie, se termina la cuestión. El jabón golpea el piso pesadamente y se termina la cuestión. Ahora bien, si estamos en una bañera no hay salvación, y es esto lo que le da carácter existencialista al suceso. Si se te cae un jabón en la bañera mientras te estás enjabonando, es casi seguro que el mismo va a ser dirigido contra el pie por los bordes. No hay esperanza.
Siempre se dice que el ser humano vive de la esperanza, y yo estoy completamente de acuerdo. Si nos pusiéramos a pensar en lo miserables que somos y lo mediocres que son nuestras vidas, no querríamos continuar vivos. Solo un grupito de personas cagadas de guita y llenas de poder que pueden hacer lo que se les canta tienen un verdadero motivo para vivir. El resto vivimos gracias al autoengaño y al provocado por los monopolios comunicacionales, pensando que quizás algún día nosotros nos vamos a encontrar en esa situación de cambiar el mundo. A medida que pasa el tiempo y comenzamos a ver que hemos quemado algunos puentes y que otros nunca estuvieron a nuestra disposición siquiera, contrariamente a lo que esos monopolios nos dijeron, reforzamos la mentira y decimos que aún queda algo de tiempo, que si me gano el quini y apuesto toda esa plata a un número de la lotería y sale, vamos a llegar a ser alguien. Finalmente esto tampoco ocurre y nos empezamos a reir de los miles de pesos que hemos gastado en este tipo de idioteces. Por último nos contentamos pensando que nuestros hijos podrán llegar hasta ahí y entonces decidimos tener prole, algo que no hace más que reforzar la riqueza y el poder de los que queremos alcanzar porque les damos más votantes y consumidores, y que nos aleja definitivamente de toda chance de éxito social.
Así llegamos a los 40 con 2 pibes, uno más boludo que el otro. Nos damos cuenta de que estos parásitos son adorables pero que no van a llegar muy lejos. Entonces empezamos con el verso de que en la vida hay algo más que el dinero y el poder. Nos lo repetimos a nosotros mismos una y otra vez y se lo empezamos a inculcar a nuestros hijos, para vacunarlos contra la desilusión que inevitablemente van a tener cuando ellos tengan 40 y dos pibes, uno más boludo que el otro. Pero la juventud tiene algo y ese algo es la rebelión contra toda la boludez que se inventan los adultos. Lo gracioso (en realidad “patético” es la palabra) es que lo que inventan los adolescentes es otro tipo de boludez, pero novedosa. Además, en general, no se critica el dinero y el poder en sí mismos sino por lo que ocasionan, léase stress. Lo que realmente se está criticando es que ese tipo que podría vender todo e irse a la mierda, a recorrer todo el mundo si quisiera, sigue como un enfermo queriendo cagar gente para tener más, pero no que esté cagado en guita.
En fin, la cuestión es que todo esto vive pululando en nuestro interior pero nosotros lo reprimimos porque si no se nos haría imposible la vida. ¿Cómo entra en juego el tema del jabón? De la siguiente manera: cuando el jabón se cae y sabemos que nos va a impactar en el pie, quizás en un dedito, nos inunda la idea de que el mundo es una mierda, de que no importa qué hagamos, el jabón viene a pegarnos, tal y como lo hace la certitud de que nunca vamos a hacer nada trascendente en nuestras vidas.  Si estuviésemos en una ducha común podríamos intentar correr el pie y evitar el impacto de lleno, pero en una bañera, como ya explicamos, esto es imposible. Es más, es peor. Si sacamos el pie al que el jabón va a impactar, estamos decidiendo que le pegue al otro pie. Esto es lo más cercano que una persona que no vive en un país en guerra puede experimentar a la sensación de una madre al tener que elegir a cuál hijo salva cuando un soldado perverso de las SS le hace escoger (todos sabemos que el tipo después los va a hacer cagar a todos, pero bueno).
En ese efímero instante se resume toda nuestra vida. Nos sentimos desesperados, los creyentes cuestionan su fe (¡¿por qué a mi señor, por qué a mi? ¿Por qué no al garca que vive acá a la vuelta que es flor de hijo de puta y que está cagado en guita?!), los no creyentes nos preguntamos si es un castigo por no ser creyentes, y así. Toda la eternidad, toda la historia de la humanidad y de las injusticias de la sociedad y de la física se encuentran en ese momento. Afortunadamente, el jabón nos golpea. Sí, afortunadamente digo, porque si no lo hiciera ese pensamiento no sería interrumpido por el infinito dolor que se presenta en el lateral de nuestro meñique y caeríamos en un estado depresivo del que difícilmente se sale.
El golpe del jabón no solo tiene este efecto salvador sino que nos agrega otro. En el fondo ya sabemos que nuestra vida no vale un carajo, y si no lo saben vayan a un cementerio militar o a un casino o escuchen The Wall. De hecho, esta idea nos apareció cuando se nos escapó el jabón pero la “olvidamos” cuando nos impactó. Usted dirá que la olvidamos porque el dolor es muy fuerte y también porque aprovechamos la situación para no recordarla. Pero se agrega otro elemento más poderoso, a saber, el odio. El golpe del jabón nos hace detestar todo lo que está a nuestro alrededor y el odio es la segunda fuerza motora. Cuando un hombre pierde la esperanza, cosa que nosotros ya hicimos porque no somos idiotas, sigue viviendo por odio hacia algo. El golpe nos recuerda el gran odio que tenemos hacia el destino, hacia la gravedad (sí, la puta gravedad que no nos deja volar y encima nos tira un jabón contra el meñique),  hacia la fábrica que hizo el jabón tan duro y hacia el que hace las compras en casa por no gastar $2 más y comprar un jabón líquido copado. Cuando caemos en la cuenta de que no hay más esperanza empezamos a dedicar nuestra vida a odiar algo y a tratar de destruirlo o a despertar consciencias de su sopor esperanzado de mundo de rosas y sueños americanos.
Los lectores asiduos de este blog, si es que hay alguno, podrán deducir que a mi me han golpeado muchos jabones en la vida. Señores, están en lo cierto. Ahora, despiértense, se los ordeno.

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