Luego de este título podría escribir una
poesía completamente carente de sentido que sería calificada por algunos
pseudo-intelectuales como una obra maestra del movimiento de los indignados del
siglo XXI. Quizás tendría que cambiar la parte final, la del jabón. La frase
ver al jabón caer no es muy poética, aunque otra clase de
pseudo-intelectuales-artistas dirá que es parte de la realidad moderna y que yo
estoy creando arte en base a una situación de mi entorno. Pero no. Mi voracidad
por decir idioteces llega hasta este blog. Más allá no puedo ir, salvo que
alguien me garantice que diciendo pavadas puedo vivir, pero para eso ya me hice
economista.
Pasemos a analizar la frase como yo deseo
entonces, la frase y lo que detrás de ella hay. A todos nos pasa que a veces el
jabón se nos resbala de la mano y cae por efecto de la gravedad. Imaginemos la
escena: nosotros desnudos (no que estás vos, lector, y yo en la misma ducha,
sino alguien) expuestos ante cualquier cuerpo que nos pueda golpear (si fuera
el poeta ladri del que hablaba antes, acá me pondría a filosofar sobre lo
expuestos que estamos y lo sensibles que somos al estar desnudos porque nos
mostramos al mundo sin la máscara social que implica la vestimenta), en una
bañera. La bañera es mejor que la ducha porque sus bordes curvos actúan como
una rampa de skater que dirige al bólido jabónico a toda velocidad hacia el
costado de nuestro pie. También podría ser que el jabón caiga derecho sobre la
superficie de nuestro pie, hecho que es de por sí doloroso pero que le quita majestuosidad
a la cuestión. ¿Por qué? Muy simple. Si un jabón cae desde un punto en el
espacio cuya proyección sobre el plano horizontal es distinta que la del pie,
se termina la cuestión. El jabón golpea el piso pesadamente y se termina la
cuestión. Ahora bien, si estamos en una bañera no hay salvación, y es esto lo
que le da carácter existencialista al suceso. Si se te cae un jabón en la
bañera mientras te estás enjabonando, es casi seguro que el mismo va a ser
dirigido contra el pie por los bordes. No hay esperanza.
Siempre se dice que el ser humano vive de la
esperanza, y yo estoy completamente de acuerdo. Si nos pusiéramos a pensar en
lo miserables que somos y lo mediocres que son nuestras vidas, no querríamos
continuar vivos. Solo un grupito de personas cagadas de guita y llenas de poder
que pueden hacer lo que se les canta tienen un verdadero motivo para vivir. El
resto vivimos gracias al autoengaño y al provocado por los monopolios
comunicacionales, pensando que quizás algún día nosotros nos vamos a encontrar
en esa situación de cambiar el mundo. A medida que pasa el tiempo y comenzamos
a ver que hemos quemado algunos puentes y que otros nunca estuvieron a nuestra
disposición siquiera, contrariamente a lo que esos monopolios nos dijeron,
reforzamos la mentira y decimos que aún queda algo de tiempo, que si me gano el
quini y apuesto toda esa plata a un número de la lotería y sale, vamos a llegar
a ser alguien. Finalmente esto tampoco ocurre y nos empezamos a reir de los
miles de pesos que hemos gastado en este tipo de idioteces. Por último nos
contentamos pensando que nuestros hijos podrán llegar hasta ahí y entonces
decidimos tener prole, algo que no hace más que reforzar la riqueza y el poder
de los que queremos alcanzar porque les damos más votantes y consumidores, y
que nos aleja definitivamente de toda chance de éxito social.
Así llegamos a los 40 con 2 pibes, uno más
boludo que el otro. Nos damos cuenta de que estos parásitos son adorables pero
que no van a llegar muy lejos. Entonces empezamos con el verso de que en la
vida hay algo más que el dinero y el poder. Nos lo repetimos a nosotros mismos
una y otra vez y se lo empezamos a inculcar a nuestros hijos, para vacunarlos
contra la desilusión que inevitablemente van a tener cuando ellos tengan 40 y dos
pibes, uno más boludo que el otro. Pero la juventud tiene algo y ese algo es la
rebelión contra toda la boludez que se inventan los adultos. Lo gracioso (en
realidad “patético” es la palabra) es que lo que inventan los adolescentes es
otro tipo de boludez, pero novedosa. Además, en general, no se critica el
dinero y el poder en sí mismos sino por lo que ocasionan, léase stress. Lo que
realmente se está criticando es que ese tipo que podría vender todo e irse a la
mierda, a recorrer todo el mundo si quisiera, sigue como un enfermo queriendo
cagar gente para tener más, pero no que esté cagado en guita.
En fin, la cuestión es que todo esto vive
pululando en nuestro interior pero nosotros lo reprimimos porque si no se nos
haría imposible la vida. ¿Cómo entra en juego el tema del jabón? De la
siguiente manera: cuando el jabón se cae y sabemos que nos va a impactar en el
pie, quizás en un dedito, nos inunda la idea de que el mundo es una mierda, de
que no importa qué hagamos, el jabón viene a pegarnos, tal y como lo hace la
certitud de que nunca vamos a hacer nada trascendente en nuestras vidas. Si estuviésemos en una ducha común podríamos
intentar correr el pie y evitar el impacto de lleno, pero en una bañera, como
ya explicamos, esto es imposible. Es más, es peor. Si sacamos el pie al que el
jabón va a impactar, estamos decidiendo que le pegue al otro pie. Esto es lo
más cercano que una persona que no vive en un país en guerra puede experimentar
a la sensación de una madre al tener que elegir a cuál hijo salva cuando un
soldado perverso de las SS le hace escoger (todos sabemos que el tipo después
los va a hacer cagar a todos, pero bueno).
En ese efímero instante se resume toda nuestra
vida. Nos sentimos desesperados, los creyentes cuestionan su fe (¡¿por qué a mi
señor, por qué a mi? ¿Por qué no al garca que vive acá a la vuelta que es flor
de hijo de puta y que está cagado en guita?!), los no creyentes nos preguntamos
si es un castigo por no ser creyentes, y así. Toda la eternidad, toda la
historia de la humanidad y de las injusticias de la sociedad y de la física se
encuentran en ese momento. Afortunadamente, el jabón nos golpea. Sí,
afortunadamente digo, porque si no lo hiciera ese pensamiento no sería
interrumpido por el infinito dolor que se presenta en el lateral de nuestro
meñique y caeríamos en un estado depresivo del que difícilmente se sale.
El golpe del jabón no solo tiene este efecto
salvador sino que nos agrega otro. En el fondo ya sabemos que nuestra vida no
vale un carajo, y si no lo saben vayan a un cementerio militar o a un casino o
escuchen The Wall. De hecho, esta idea nos apareció cuando se nos escapó el
jabón pero la “olvidamos” cuando nos impactó. Usted dirá que la olvidamos
porque el dolor es muy fuerte y también porque aprovechamos la situación para
no recordarla. Pero se agrega otro elemento más poderoso, a saber, el odio. El
golpe del jabón nos hace detestar todo lo que está a nuestro alrededor y el
odio es la segunda fuerza motora. Cuando un hombre pierde la esperanza, cosa
que nosotros ya hicimos porque no somos idiotas, sigue viviendo por odio hacia
algo. El golpe nos recuerda el gran odio que tenemos hacia el destino, hacia la
gravedad (sí, la puta gravedad que no nos deja volar y encima nos tira un jabón
contra el meñique), hacia la fábrica que
hizo el jabón tan duro y hacia el que hace las compras en casa por no gastar $2
más y comprar un jabón líquido copado. Cuando caemos en la cuenta de que no hay
más esperanza empezamos a dedicar nuestra vida a odiar algo y a tratar de
destruirlo o a despertar consciencias de su sopor esperanzado de mundo de rosas
y sueños americanos.
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