Suele pasar que nos encontramos en la situación de estar caminando en un grupo de a 3 o 4 personas y que esta cantidad resulte demasiado para el ancho de la vereda. El equilibrio que se puede alcanzar en algún momento se verá interrumpido indefectiblemente por la intromisión de un edificio con menor retiro que los anteriores o por un transeúnte que camina en dirección opuesta a la nuestra; no pensemos ni por un momento en el caos que se genera cuando los que vienen de frente son un grupo de una cuantía de personas similar a la del nuestro.
De hecho, ha quedado en la historia que la primer guerra mundial fue desatada por el asesinato del príncipe del imperio Austro-húngaro, el duque Francisco Fernando de Austria, y su esposa, la hermosa Sofia Chotek (no tengo idea si era hermosa, pero si uno es heredero al trono de una potencia mundial y se busca una esposa fea es un soberano imbécil). No voy a poner esto en duda pero sí quiero recalcar que el trágico hecho no se produjo por la compleja situación política de la época, tal y como nos han hecho creer las grandes corporaciones de los manuales de historia de secundaria, sino por un cruce del susodicho príncipe con quien a la postre sería su asesino, que por esas casualidades de la vida era un fervoroso patriota serbio que deseaba que Bosnia, controlada por el imperio Austro-húngaro, se uniera a Serbia, su nación. La situación, según he podido reconstruirla, se desarrolló aproximadamente de la siguiente manera:El príncipe viene caminando en dirección norte-sur sobre el lado de las casas, su asesino en la opuesta sobre el lado de la calle, mientras pasea su perro. El perro, que se encontraba del lado de su dueño, se cruza para olfatear el orín que otro perro, presumiblemente de sexo opuesto, había depositado sobre la pared de una casa, con lo cual queda su cuerda atravesada por toda la acera. Luego viene el trágico suceso:
- Disculpe, ¿podría tener la precaución de que su perro no se atraviese por la acera cuando viene gente caminando? – habría dicho el príncipe.
- Pero señor, si es chiquito, puede perfectamente pasar por arriba de la soga – respondió el transeúnte, habida cuenta que el perro era un poodle.
- Mire, yo puedo hacerlo porque soy un hombre joven y en perfecto estado físico, pero, ¿qué pasaría si en lugar mío se encontrase un anciano?, eh, ¿qué ocurriría?. El príncipe comenzaba a subir el tono de voz.
- Bueno, en ese caso habría tenido la precaución de retirar al cánido.
- Eso es lo que usted dice, ¿pero qué garantía tenemos de que sea así? Apuesto a que si le hubiera dicho que por qué no tiene una bolsa para recoger la suciedad que hace su perro usted me habría dicho que siempre sale con una bolsita pero que justo en esta oportunidad se olvidó de traerla. – El príncipe era un hombre astuto y observador y había percatado antes de llegar al encuentro la carencia de todo tipo de bolsa. Por supuesto que el hombre podía tenerla guardada en un bolsillo, pero dado que la discusión ya se había presentado necesitaba argumentos para atacar al pobre joven patriota.
- Mire, sí, ese es el caso. Justo hoy no la traje. Y además, ¿cómo sabe usted que no la tengo en el bolsillo?
- Si la tuviera ya la hubiera sacado para terminar esta discusión. Pero como no la tiene tuvo que ponerse en esta posición de inferioridad y de índole defensiva. Usted no es más que un fiel reflejo de lo que ustedes los Serbios y Bosnios son, un pueblo débil que siempre corre y que siempre está pidiendo la ayuda de las potencias occidentales, de la federal y desde hace un par de años de la metropolitana[1] para que las defiendan (nota del traductor terminológico para las nuevas generaciones: “las potencias occidentales” serían lo que hoy es la “yuta”, o sea, la federal y la metropolitana). Sí, sí, corrieron, corren y correrán.
- Eh, vo´ bobo, qué la bardeá. Alemán agrandado, ya va´ a ve´ después de que los yankees te rompan el tuje dos veces, a ve´ si la vení a boqueá tanto, puto.
Como verán los hechos se fueron desvirtuando. Quizás lo hayan notado por el hecho de lo superficial de la discusión. Quizás porque el príncipe le dijo al otro tipo que tenía que usar una bolsa para recoger el excremento de su perro cuando es probable que en esa época esta costumbre no estuviera instaurada aún. También lo pueden haber notado porque mis fuentes de información no son más que los testigos muertos hace ya décadas aparecidos en imágenes luego de una noche de alcohol. Nada de esto importa. Lo cierto es que el asesinato del archiduque y la segunda guerra mundial se produjeron por un cruce en una vereda angosta. Algunos técnicos nos dirán que si no era por este evento la guerra se hubiese desatado de todas formas, pero todos sabemos que cualquier científico social no es más que un charlatán que tiene que justificar su salario, así como todos sabemos que los desaparecidos están todos viviendo en España. Además, lo que estos técnicos no nos dicen es cuánto más devastadora hubiera sido esta guerra si en lugar de cruzarse el príncipe y su esposa con un solo peatón, el encuentro se hubiera producido entre dos grupos de 4 o 5 muchachones alcoholizados. Eso no se dice porque alertaría a la población mundial entera de lo cerca que se está de caer en otro conflicto de dimensiones similares, en caso de que no se respeten las reglas que motivan la escritura y la lectura de este artículo.
Con todo esto quiero destacar la importancia del respeto de las leyes del buen peatón, las cuales no están escritas en ningún lado pero deberían enseñarse antes que las matemáticas, porque después de todo, ¿quién necesita del cálculo trigonométrico para calcular la trayectoria más corta a un punto cuando no conoce las reglas más básicas de civilidad que le indican que si en esa trayectoria se cruza otro peatón o, a la sazón, una manzana entera de edificios, debe resignarse a caminar por los caminos diseñados por los burócratas municipales con el fin de ordenar el tráfico peatonal y la urbanización?
En definitiva, pasemos a las reglas, que por supuesto no serán todas sino solo las referidas a la caminata grupal. Decíamos al principio que indefectiblemente algún obstáculo aparecerá, arruinando el bello equilibrio de 4 personas caminando hombro con hombro por pleno centro. Yo creo que la alteración de este equilibrio y la molestia que se produce se deben no tanto a la aparición de la masa obstruyente sino a la ambición del grupo.
Es bien sabido por las ciencias sociales que el ser humano, en especial el de sexo masculino, se torna terriblemente prepotente cuando se encuentra en grupo. El rugby, por ejemplo, no es un deporte creado espontáneamente con el objetivo de que 30 tipos se diviertan jugando y aprendan lo importante de la camaradería sino que fue creado por el MI6 y el ejército británico para realizar estudios sociológicos de cuáles son los pros y cuáles los cons de que a 15 tipos de tamaño considerable se les inculque el sentimiento exacerbado de pertenencia a una entidad social ficticia. El experimento concluyó hace 50 años con resultados positivos solo aplicables al ejército, que era lo que los militares querían descubrir. Sin embargo, se señaló el carácter potencialmente nocivo para la sociedad civil, algo que cualquier persona que haya tenido la desgracia de ver a un grupo de rugbiers puede concluir. La razón por la cual el rugby continúa siendo jugado es que, tal y como ocurre con muchos inventos de los militares, fue adoptado por la sociedad civil y el negocio generado en torno a él es muy grande y se encuentra en constante crecimiento. El estudio del MI6 y compañía arrojó resultados sorprendentes. He tenido acceso al informe de 1765 fojas, que resumo de la siguiente forma: “el ser humano, en especial el de sexo masculino, se torna terriblemente prepotente cuando se encuentra en grupo. Esto tiene una potencialidad asombrosa en lo referido al comportamiento en batalla, siempre que se pueda encausar esa energía, pero representa al mismo tiempo una potencial amenaza para la vida civilizada, en especial cuando dos grupos de peatones se cruzan en una acera de dimensión relativamente reducida”. Si quieren cuestionar esta conclusión vayan a debatir con Newton que era inglés.
La verdad finalmente se sabe. Lo que los militares británicos conocen hace décadas es ahora revelado por mi revelador informe. Ustedes se preguntarán, ¿y con esto qué hacemos? Este Marco no es más que otro científico social, y encima de la peor calaña, que solo se encarga de decir lo mal que está el mundo pero no propone ninguna solución. Para todos los que levantaron el dedito, les aclaro que yo sí traigo soluciones.
1) Señor, señora, joven, jóvena (como le gustaría a la Cris), reconozca de antemano que la acera tiene 1,5 m y que alguien vendrá caminando de frente. Una vez hecho esto separe su grupo en cuantas partes sea necesario de forma tal que quede lugar para que pase al menos una persona que camina en la dirección opuesta a la suya. Con esto no solo es un buen vecino sino que se ahorra el desgaste de suela de zapato y de sus tobillos que se produce cada vez que los que caminan en la punta tienen que desviarse hacia el medio, delante o detrás de los que van en el medio.
2) Si usted ya reconoció esto y actúa en consecuencia, adelantándose levemente del grupo, hágalo de forma decidida. No hay cosa más molesta que una persona que camina en la punta del grupo, se adelanta y cierra un poco, pero no del todo, y camina alternativamente más rápido o despacio porque no se decide a ir decididamente al frente. Sobre esta gente escribiré más adelante.
3) Si tiene la suerte de tener muchos amigotes, no abuse de ello caminando prepotentemente en línea recta sin importarle quién viene de frente. Dé el ejemplo y ceda el paso a su conciudadano. No sea un rugbier o un guacho. Eso es muy feo, y tenga la seguridad de que cuando llegue la revolución, usted será el primero contra la pared.
[1] Cualquier similitud con lo que puede haber ocurrido años después en otros países es mera casualidad. En Sarajevo, hacia el 1910, se dio una situación particular en la que el alcalde de la ciudad había hecho campaña basándose en la inseguridad que se vivía en la ciudad. Entonces quería que el gobierno nacional, que a la sazón era discursivamente nacionalista y popular pero que en la práctica sometía al pueblo (de allí el estallido de la guerra) le transfiriera el control de la policía federal. Como no lo hizo, creó la policía metropolitana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.