jueves, 5 de enero de 2012

La disyuntiva de cuándo cambiar la esponja

El ser humano ha avanzado muchísimo. Sin embargo aún no ha logrado resolver (al menos yo no estoy enterado) uno de los problemas más cotidianos y molestos de la historia de la civilización. Este es el de determinar cuál es el punto exacto en que una esponja debe ser cambiada. Uno podría pensar que este problema solo aqueja a ese ente abstracto que lucha por ser considerado un ser humano, a saber, el ama de casa, pero se verá que es un flagelo social.

El problema, creo yo, surge de los diferentes criterios que se usan para tomar esta trascendental decisión. Hay quienes podrían mirar el lado estético de la cuestión y ni bien la esponja comienza a perder su color amarillo radiante la cambian, desperdiciando quizás varias semanas de buen rendimiento. El fenómeno es aún peor si llegan a cocinar algo en la plancha, sobre todo carne, puesto que la limpieza de la misma deja inevitablemente una cicatriz oscura en la pura piel de la pobre esponja. Esta gente no está muy preocupada por la ecología y el daño que le hacen al ecosistema al tener que producirse más esponjas y cavar más rellenos sanitarios para complacer el placer que a sus ojos les produce ver el amarillo patito cuando lavan. Shame on them!!!
Otros caen en la triste, lamentable y patética conducta de estirar el uso de la esponja hasta el punto en que se separa en dos partes, no siendo ninguna de ellas lo suficientemente grande como para justificar el esfuerzo extra que implica usar una esponja de tamaño reducido. Pensemos lógicamente: si con cada movimiento de mi brazo puedo abarcar un área de unos 50 cm2, ¿por qué voy a usar un fragmento de esponja que abarca, digamos, 30 cm2 con el mismo esfuerzo? Algún ingeniero o físico me dirá que el esfuerzo no es el mismo puesto que la superficie de rozamiento es menor pero creo que aquí es mucho más importante la biología y lo que nos puede decir esta sobre el esfuerzo que implica usar el codo, el cual, repito, para mi, es mucho mayor al rozamiento del plato con la esponja (el detergente agrega a mi argumento puesto que reduce el coeficiente de fricción entre esponja y el elemento platar). Por supuesto que si la escisión del fragmento rebelde se produce en una proporción de, digamos, 40cm2/10cm2, este grupo social (sí, creo fervientemente que la forma en que la gente se comporta con su esponja permite hablar de grupos sociales y que algún sociólogo bien podría crear una nueva teoría en base a ello) seguiría usando el fragmento de 40 cm2. Es más, no faltará quien apelotone los dos pedazos sin advertir que con ello solo comprime el pedazo de 40 cm2, reduciendo la superficie de contacto, además de requerir una fuerza de comprensión X que se suma al mayor esfuerzo realizado en concepto de movimiento del codo. Como se ve, cuanto más tacaño uno sea, peor, y creo que esto ya justifico la escritura y lectura de este documento.
Pero no he dado aún la que creo es la forma correcta y definitiva de usar la esponja. Para hacer esto me voy a valer de algo que los economistas denominamos trade-off. Este concepto se aplica a situaciones en las que para ganar algo se debe perder otro algo, o sea, básicamente a la existencia humana. En este caso (el de la esponja, no la nimiedad de la existencia humana. Sobre esas pelotudeces yo no escribo. Para eso está Nietzche) lo que uno se ahorra por prolongar la vida de la esponja lo pierde en menor rendimiento del detergente. Es bien sabido que a medida que la esponja se desgasta una misma cantidad de detergente rinde menos tiempo y produce menos espuma. Es el famoso fenómeno al que cualquier ama de casa denomina “esta esponja de mierda no hace espuma”. Bueno, hete aquí que la pobre esponja no tiene la culpa. Bueno, sí, la tiene, pero debemos reconocerle que ya nos ha dado una buena cantidad de lavados de plato y que eso ha generado la merma en su rendimiento como productora de espuma. En definitiva, el punto justo de recambio es aquel en el que el ingreso monetario implícito en amortizar la inversión realizada en la esponja lavando un plato más se iguala al costo por unidad de detergente, definiéndose la unidad de detergente como aquella necesaria para lavar un plato. Antes de este punto, el costo de detergente era menor puesto que la misma unidad de detergente producía más espuma. Pero luego del punto trascendental la situación se invierte y el costo fijo en concepto de esponja, decreciente con el aumento de la cantidad de platos lavados, se torna inferior al ingreso implícito en que el detergente rinda más. Como verán, he dado vuelta el argumento, y eso es la magia de la economía: según qué auditorio tengas podés usar alternativamente la palabra costo o ingreso de acuerdo a la ideología imperante en el auditorio. Esta conducta, que algunos puristas califican de “veletismo” ha llevado a nuestro Amado Bubú a la vicepresidencia de la nación.
Déjenme tomarme el atrevimiento de denominar al punto trascendental “punto de Dios”. Sí, es el “punto de Dios” porque dicen que el Diablo está en los detalles y esto es un detalle que se repite inexorablemente en cualquier casa cada algunas semanas, provocando peleas que desgastan el tejido familiar. Si nos ilumináramos y reconociéramos la relevancia de este punto, el de mayor eficiencia, todos estarían más satisfechos y no habría tanta discusión, guerras y hambre en África.
Por último, y como es característico en este blog, quiero hacer una denuncia. La misma apunta a desenmascarar el complot entre las empresas que fabrican esponjas y las que fabrican detergente. Es más, me han llegado rumores de que algunas tienen los mismos dueños. El acuerdo en detrimento del consumidor argentino, y de toda la humanidad porque el lavado de platos es un comportamiento que trasciende las religiones, razas y credos, y esto hace aún más trascendental a este artículo, consiste en que las empresas fabricantes de esponja no digan nada sobre la existencia del “punto de Dios” puesto que esto haría bajar las ventas de detergente en un 50%, llevando a la quiebra a toda la industria. Es más, con la introducción del detergente concentrado, el fenómeno es más grave porque estos detergentes son muy buenos cuando la esponja está buena pero cuando ya está pasada hacen que uno eche detergente como loco y, por el mayor costo de este producto de alta gama, aumente los ingresos de las grandes corporaciones del lavado. Eso explica por qué sus acciones han subido tanto desde la introducción de este producto. De esta forma, las empresas fabricantes de detergente compensan, cuando no tienen el mismo dueño, a las fabricantes de esponjas para que estas se queden musarela.

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